Wilhelm Reich (III): la contradicción de las masas

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El «Instituto Göring»

 A mediados de 1927 se fundó en Alemania la Sociedad Médica General de Psicoterapia (AÄGP: Allgemeine Ärztliche Gesellschaft für Psychotherapie) que integrada por psiquiatras y psicoanalistas de renombre desempeñará una amplia actividad de investigación científica que se verá interrumpida en 1933, cuando asume su dirección Matthias H. Göring, primo del jerarca nazi y miembro activo del partido nacionalsocialista. Una de las primeras decisiones de Göring es exigirle la renuncia a su presidente el psiquiatra Ernst Kretschmer sustituyéndolo por Carl G. Jung, en ese momento vicepresidente de la Sociedad[1]. Ese mismo año la Sociedad Psicoanalítica de Alemania (DGP: Deutschen Psychoanalytischen Gesellschaft), fundada en 1910 por el propio Freud, ante la creciente presión del gobierno decide expulsar a los psicoanalistas judíos. En octubre de 1936, Göring funda el Instituto alemán para la investigación psicológica y psicoterapia (Deutsches Institut für psychologische Forschung und Psychotherapie) y modifica los programas formación de médicos y psicoterapeutas ofreciendo a Jung formar parte de la dirección del nuevo Instituto, cargo que acepta, siendo su primera tarea el desarrollo del programa y los contenidos de la Nueva psicoterapia alemana (Neue Deutsche Seelnhei Kunde). Göring explica con detalle la función de su Instituto:

Sabemos que hay miembros —y colegas— del partido que niegan la necesidad de psicoterapia, que afirman que la herencia es lo único que importa y que la educación es innecesaria. Como el Führer, reivindicamos que el carácter puede desarrollarse y por eso la psicoterapia es de la mayor importancia. Pues la psicoterapia, como Jung lo ha señalado una y otra vez, no consiste solo en curar a las personas, sino en hacer que las personas que carecen de una actitud correcta ante la vida encajen en nuestra sociedad[2].

A partir de ese momento, Jung y Göring se encargarán de coeditar la revista «Zentralblatt für psychotherapie», publicación oficial del Instituto[3] cambiando la línea editorial teórica y práctica que consistirá en reducir las enfermedades mentales a una cuestión de «higiene y pureza racial», así como eliminar la terminología psicoanalítica; y con el objeto de tener un control total del campo clínico Göring decide incorporar a su Instituto a la Sociedad Psicoanalítica de Alemania y al Instituto Psicoanalítico de Berlín, que pasa a llamarse Centro Ario de Psicoterapia a finales de 1933[4].

La contradicción de las masas: el ascenso de Hitler

 La gran «depresión capitalista» de los años treinta en Europa podía presagiar una revuelta social protagonizada por las organizaciones obreras y sindicales y por los partidos de izquierda. Pero por el contrario con el apoyo popular se produjo un ascenso de la extrema derecha, inspirada en el fascismo italiano, ascenso que se reflejó en los resultados electorales de julio y noviembre de 1932, donde el NSDAP, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, se consolida como primera fuerza, «un partido sin historia, que surge repentinamente en la vida política de Alemania»[5], y que desembocará en el nombramiento de Hitler como canciller imperial el 30 de enero de 1933. Estos resultados electorales le permiten a Reich comprobar cómo la situación social y económica de las masas no se refleja como podría esperarse en la conciencia social de los trabajadores y se dedica por tanto a investigar las raíces de esta contradicción:

Desde un punto de vista racional podría esperarse que las masas obreras reducidas a la miseria económica desarrollaran una aguda conciencia de su situación social y que madurara en ellas la voluntad de eliminar la miseria social. Igualmente sería de esperar que un trabajador en una situación social mísera se rebelara contra los abusos (…). Ya hemos visto que las situaciones económica e ideológica de las masas no tienen por qué coincidir y que incluso puede haber entre ellas una divergencia notable. La situación económica no se traslada inmediata y directamente a la conciencia política; si ello fuera así, la revolución social se habría realizado hace mucho tiempo[6].

El análisis de esta brecha en la conciencia de las masas entre la realidad material y la realidad percibida, entre la realidad social y eonómica de explotación y represión y la conciencia efectiva que de ello se tienen, abre el trabajo que Reich despliega en este libro. ¿Por qué la mayoría acepta la explotación y se sumerge en la empresa de satisfacer deseos impuestos por la clase que la domina entregándose de lleno al matadero del capitalismo?; ¿si las condiciones sociales y económicas «objetivas» están dadas para que se produzca una revuelta revolucionaria, ¿qué estructura caracterológica en los sujetos lo impide? Pero allí donde se manifiesta una grieta, puede existir normalmente una articulación[7]: el trabajador en esencia es revolucionario y reaccionario a la vez. En el caso alemán resulta evidente que no se puede reducir el ascenso del nacionalsocialismo a las circunstancias objetivas de la crisis económica, puesto que otros países también la padecieron y sus pueblos no sucumbieron a un partido que terminó cristalizando en una dictadura fascista, es decir, es necesario investigar otros factores en juego: factores históricos, culturales y sociológicos y que sumados al económico posibilitaron el ascenso del nazismo.

Reich detecta que los partidos y movimientos de izquierdas en su empeño en que las clases trabajadoras accedan a su «conciencia de clase», creyendo ingenuamente que ello puede conseguirse con solo enunciarles las leyes que rigen el ser social económico, fracasan una y otra vez —hoy día ni siquiera eso: los partidos de «izquierda» mediante campañas en las llamadas «redes sociales» se reducen a informar a las masas de electores sobre la corrupción de los otros partidos y a atemorizarlas con el fantasma, real por otra parte, del avance de los partidos de derecha y fascistas para captar sus votos. Es evidente que la conciencia de clase de las masas trabajadoras no siempre será coherente con su situación social, entendiendo «como elemento de conciencia de clase todo lo que se opone al orden burgués, todo lo que contiene gérmenes de rebelión»[8].

La situación opresiva en que pueda estar inmerso un sujeto —sea esta laboral, económica, familiar…— no necesariamente se traslada de forma inmediata y directa a la conciencia del mismo: si así fuera, y si las condiciones necesarias estuvieran dadas, la rebelión contra dicha situación se efectuaría sin postergación alguna. Por el contrario, la situación de opresión o de encadenamiento psíquico sintomático en muchos casos es el propio sujeto quien las sostiene, aún pudiendo modificarlos. Ahora bien, si el sujeto aparentemente busca el bienestar o la disminución de tensiones dolorosas respondiendo al principio del placer ¿cómo se entiende que se aferre a situaciones que le producen malestar? Un sujeto puede renunciar a la satisfacción inmediata de un deseo respondiendo al principio de realidad como hemos señalado, pero ¿cómo se explica que renuncie a una satisfacción legítima y posible, y aún peor, que se sostenga en situaciones dolorosas y perjudiciales, contradiciendo la supuesta búsqueda de placer? En ese sentido Freud afirmó contra la creencia de que la vida psíquica se rige exclusivamente por el principio del placer que:

(…) es inexacto hablar de un dominio del principio del placer sobre el curso de los procesos psíquicos. Si tal dominio existiese, la mayor parte de nuestros procesos psíquicos tendría que presentarse acompañada de placer o conducir a él, lo cual queda enérgicamente contradicho por la experiencia general[9].

Reich pone un ejemplo de la ligereza con que habitualmente los «expertos» analizan los fenómenos sociales. Si los obreros van a la huelga porque su salario ya no les permite vivir, su actuación deriva directamente de su situación económica, lo mismo vale para el hambriento que roba comida. No es necesaria una explicación psicológica para comprender el robo por hambre o la huelga como consecuencia de la explotación, no se trata de explicar por qué roba el hambriento o hace huelga el explotado, sino por qué la mayoría de los hambrientos no roba y por qué la mayoría de explotados no se declaran en huelga[10]. Análogamente podemos decir que no debe sorprender que haya sujetos que se derrumben psíquicamente y deliren y sean tratados de «locos», por el contrario lo sorprendente es que dado la sociedad enajenante y represiva en la que están inmersos no haya más sujetos que se derrumben y deliren. La lógica dialéctica opera en el origen de las contradicciones no en la explicación fenomenológica causal. El método de análisis de Reich requiere investigar cómo se estructura el carácter del sujeto, cómo piensa, cómo actúa y sobre todo cómo manifiesta las contradicciones de su existencia. Su psicología política investiga los factores subjetivos y la estructura caracterológica e ideológica de los sujetos de una época dada que impiden la consonancia entre la realidad social y económica y la percepción consciente que se tiene de ellas, mediante el análisis del carácter eludiendo la posibilidad de caer en explicaciones reaccionarias tales como que el capitalismo es una manifestación de la avaricia de los humanos, o que las masas no se rebelan por pereza o desesperanza con la pretensión de dar cuenta de procesos psíquicos e históricos complejos mediante pecados capitales o por «rasgos de personalidad tipo». Es habitual explicar una conducta por su efecto: un niño no se concentra es sus tareas porque es hiperactivo, un adulto se droga porque es cocainómano. A esta confusión de la consecuencia con la causa Nietzsche la definió como una «auténtica corrupción de la razón»[11].

Al final de la primera guerra Sigmund Freud le envía el borrador de «Más allá del principio del placer» a Sándor Ferenczi adjuntándole una carta donde le confiesa que intentará realizar un estudio para abordar una explicación de la psicología de las masas[12]. Para tal empresa tomará como referencia un libro de Gustave Le Bon, pionero de la psicología social, publicado en 1895 que tuvo una gran recepción en el ámbito ideológico reaccionario de la época[13], y cuyos postulados principales analizará Freud en «Psicología de las masas y análisis del yo», libro que comienza con un axioma que permite darle la dimensión real a la obra freudiana: «La psicología individual es al mismo tiempo, y desde un principio, psicología social», lo que implica que, como reafirmó Reich, que «toda posibilidad de cura individual es inseparable de la transformación del todo social que produjo la enfermedad individual»[14].

En su estudio Freud se propuso «hallar una explicación psicológica de la modificación psíquica que la influencia de la masa impone a los individuos»[15] y desentrañar el vínculo que el «líder» de una masa establece con los integrantes de la misma. Con este texto Freud abre un nuevo camino de investigación: el campo de lo grupal. El ensayo se publicará en 1922, tiempo antes de que se hiciera manifiesto el fascismo alemán. Freud hace hincapié en descartar la existencia de un instinto gregario innato en el individuo que justifique su adhesión a una masa y a un líder, como había propuesto otro investigador, el neurocirujano inglés Wilfred Trotter. Freud enumeró una serie de manifestaciones que caracterizan al individuo inmerso en la masa, entre ellas la «disminución de la actividad intelectual, la incapacidad de moderarse y retenerse —en sus impulsos y actos agresivos mientras permanece oculto entre la multitud—, y la tendencia a la transgresión de los afectos y a la completa derivación de éstos en actos». Explicar el sometimiento del individuo a la masa y al líder mediante la existencia de un instinto primario innato implicaba reducir un tema tan complejo al territorio de la carga genética heredada —que por otra parte, tanto valor tiene hoy para explicar cualquier «psicopatología».

Freud describió dos formas básicas de masas, por un lado las masas institucionalizadas que, poniendo como ejemplos la Iglesia y el ejército, masas estables y artificiales; y por otro las masas espontáneas, de existencia pasajera, que pueden rebelarse ante las condiciones impuestas por el sistema y devenir en masas revolucionarias unidas por el interés común de transformar su situación y provocar una ruptura con las relaciones institucionalizadas o por el contrario, decimos, terminar diluyéndose tal como emergieron[16]. El que una masa revolucionaria no consiga su objetivo puede deberse a, o bien la inconsistencia del deseo que las generó, por la falta de un «caudillo revolucionario» que cumpla con la función de historización del deseo para su realización, o bien por el accionar de un líder que termina «histerizando» el deseo colectivo, es decir, que lo reduzca a la insatisfacción, con la aceptación cómplice y sumisa de la masa.

Las masas nunca serán homogéneas, dado que cada individuo forma parte de varias masas a la vez: la de su raza, clase social, religión, profesión, etc., subyaciendo en cada configuración grupal lo que Freud llamó el «narcisismo de las pequeñas diferencias» manifiesto por ejemplo cuando «grupos étnicos afines se repelen recíprocamente: el alemán del Sur no puede aguantar al del Norte; el inglés habla despectivamente del escocés y el español desprecia al portugués», haciéndose la aversión por el otro mucho mayor cuanto mayores son las diferencias «y de este modo hemos cesado ya de extrañar la que los galos experimentan por los germanos, los arios por los semitas y los blancos por los hombres de color»[17].

No entraremos aquí a analizar los conceptos que Freud expone en su ensayo para explicar la psicología de las masas ya que no es objeto de esta nota introductoria, sólo mencionaremos su tesis central. Para Freud el vínculo que integra a los individuos dentro de una masa es de naturaleza libidinal, siendo la identificación el mecanismo psíquico que transforma la libido en vínculo entre el líder y sus seguidores y entre los seguidores mismos, destacando a su vez el papel que ocupa el narcisismo de los individuos en la idealización del líder. Siguiendo este razonamiento surge un interrogante crucial: ¿cómo consigue el líder fascista ganarse el apoyo de millones de individuos para lograr objetivos que son contrarios al interés lógico de estos?, ¿que lazo libidinal —¿masoquista?— se establece para que la masa entregue sus deseos en manos del líder contra sus propios intereses? Teniendo en cuenta que los agitadores de la propaganda nazi, con Goebbels a la cabeza, desconocían estos mecanismos psíquicos, la habilidad de aquellos se reduce a «(…) adivinar las querencias y necesidades psicológicas de aquellos que son el objetivo de su propaganda porque él —el líder— se parece a ellos psicológicamente, y se distingue de ellos por la capacidad de expresar sin inhibiciones lo que está latente en éstos, más que ninguna superioridad intrínseca. (…) el agitador se limita, por así decirlo, a exteriorizar su propio inconsciente»[18], de este modo los individuos de la masa viven su paradójica descarga emocional través de la expresión obscena de sus propios deseos inconscientes por medio de quien los sustituye como actor, es decir, el líder expresa los deseos de la masa, perpetuando la dependencia hacia él que pasa a ser indispensable: la salida fascista de la masa permite en cierto modo compensar la impotencia de sus integrantes mediante la identificación narcisista con el «omnipotente» caudillo.

Años más tarde este libro de Freud servirá de punto de partida a Reich para su «Psicología de masas del fascismo» que escribirá en su totalidad en los primeros meses del ascenso de Hitler al poder.


[1] Elizabeth Roudinesco, La batalla de cien años (2), Editorial Fundamentos, Madrid, 1993, p.157.

[2] Elizabeth Ann Danto, op. cit. p. 379.

[3] Elizabeth Ann Danto, op. cit. p. 352.

[4] Elizabeth Roudinesco, La batalla de cien años (2), op. cit., p.157.

[5] «Der Rote Aufbau», Jahrgang III. Heft 10. Berlín, Oktober 1930. Véase infra, p. XX.

[6] Véase infra, p. XX

[7] Sigmund Freud, «Disección de la personalidad psíquica», en Lecciones introductorias al psicoanálisis, Lección XXXI, O.C., tomo VIII, 8, p. 3133.en I, , tomo 8, p. 3133. sslich der mezinischen psychologie und psychischen hygiene

[8] Wilhelm Reich, «¿Qué es conciencia de clase?» en Materialismo dialéctico y psicoanálisis, op. cit. p. 139.

[9] Sigmund Freud, «Más allá del principio del placer», op. cit, tomo VII, p. 2508.

[10] Véase infra, p. XX.

[11] Nietzsche, Friedrich, «Los cuatro grandes errores» en Crepúsculo de los ídolos, Alianza, Madrid, 2002, p. 67.

[12] Sigmund Freud, carta a Sándor Férenczi de 12 de mayo de 1919, traducción de Editorial Síntesis, Obras Completas, vol. X, RBA Coleccionables, 2007, p. 431.

[13] Gustave Le Bon, Psicología de las masas, Ediciones Morata, Madrid, 2005.

[14] León Rozitchner, Freud y los límites del individualismo burgués, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 1972, p. 296. En la edición reciente de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires de las Obras Completas de León Rozitcher, dirigida por Horacio González, 2013, p. XXXX.

[15] Sigmund Freud, «Psicología de las masas y análisis del yo», op. cit. tomo VIII, p. 2575.

[16] León Rozitchner, op. cit. p. 323.

[17] Sigmund Freud, «Psicología de las masas y análisis del yo», op. cit. tomo VIII, p. XX.

[18] Theodor W. Adorno, «La teoría freudiana y el modelo de la propaganda fascista», en Escritos sociológicos I, Obra Completa, vol. 8, Ediciones Akal, Madrid, 2004, p. 398-399.

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