Problemáticas del poder.

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El concepto de poder tiende a generar malentendidos. Por poder no se entiende solamente el conjunto de instituciones y aparatos de control que garantizan la sujeción y organización de los ciudadanos en un Estado determinado, ni tampoco un sistema general de dominación ejercida por un elemento o un grupo sobre otro, y cuyos efectos atravesarían el cuerpo social entero. Como bien señala Foucault[1], el análisis en términos de poder no debe postular la soberanía del Estado, la forma de la ley o la unidad global de una dominación, ya que éstas son más bien formas terminales.

En la idea de poder hay que considerar la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen y que son constitutivas de una organización, los apoyos que esas relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras y las estrategias que las tornan efectivas, entre otras. La condición de posibilidad del poder no debe buscarse en la existencia primera de un punto central, en un foco único desde el cual irradiarían formas descendientes. Las relaciones de poder son siempre locales e inestables. El poder es omnipresente y se está produciendo a cada instante, está en todas partes, no es que lo englobe todo sino que viene de todas partes; el poder no es una institución, ni una estructura, no es cierta potencia de la que sólo algunos estarían dotados: es el nombre de una situación estratégica compleja en una sociedad dada.

El control de los individuos, esa suerte de control penal punitivo al nivel de sus virtualidades no puede ser efectuado por la justicia sino por una serie de poderes laterales, al margen de la justicia, tales como la policía y toda una red de instituciones de vigilancia y corrección: la policía para la vigilancia, las instituciones psicológicas, psiquiátricas, criminológicas, médicas y pedagógicas para la corrección[2].

Foucault afirma que el poder no se tiene, sino que se ejerce; poder no del grupo empresarial tal o el magnate cual, ya que el poder no es algo que se adquiera, algo que se conserve o se deje escapar: el poder se ejerce desde innumerables puntos, en el juego de relaciones móviles y no igualitarias. Las relaciones de fuerza que se forman y actúan en los aparatos de producción, en la familia, en los grupos restringidos y en las instituciones, sirven de soporte a efectos de escisión que recorren el conjunto del cuerpo social. Por ello consignas del tipo «hay que tomar el poder, arrebatárselo al que lo tiene» pueden considerarse un fracaso anticipado, como se ha observado en muchos movimientos que pretendieron ser emancipatorios y que buscaban una revuelta del orden impuesto por un gobierno o régimen, ya que incluso si éstos llegan a ser destituidos el poder que ejercían se desplazará como un magma y se dislocará sin que pueda ser aprehendido por el propio movimiento pretendidamente destituyente.

Donde hay poder hay resistencia, pero ésta nunca es exterior al mismo, no hay relación exterior con él, ya que los puntos de resistencia están presentes en todas partes dentro de la red de poder. Es habitual personalizar el poder, en quien supuestamente lo tiene, pero esta dinámica se revela engañosa, ya que en rigor, lo único que podemos decir del poder es quién no lo tiene y poco más. Un ejemplo de dicha personalización del poder lo plantea Wilhelm Reich[3] en Psicología de masas del fascismo, cuando señala que las masas deseaban el nazismo y el fascismo, deseaban una figura autoritaria, guardiana. El mismo razonamiento se puede extender a las masas chilenas y argentinas que desearon la llegada de los militares en los años setenta. En ese sentido Reich planteó una hipótesis muy interesante al afirmar que a un tirano no se lo derroca combatiéndolo, sino no participando en ninguno de sus deseos, de esta manera caería solo. Estas líneas de fuerza que operan en las masas están en juego en el núcleo de la organización social que es la familia, como se puede observar fácilmente en aquellas relaciones tormentosas de pareja donde uno de los cónyuges agrede al otro: las instituciones reducen esta situación bajo un paraguas de generalización etiquetándola como violencia de género. También es habitual llamar a este modo de relación, que se sostiene a pesar de la agresividad desatada en ella, como sadomasoquista. En ambos casos subyace la idea de víctima y verdugo y en muchas ocasiones se observa como la parte agredida después de denunciar la agresión pasa a retirar la demanda e incluso vuelve a acoger al agresor en el domicilio común. En realidad, no es difícil ver que el sadismo está en juego en ambos miembros de la pareja, ya que la parte agredida pasa a sostener la situación de agresión, identificándose con el agresor, apuntando al punto de goce[4] de éste y por tanto sosteniéndolo. Los ejemplos pueden resultar arbitrarios, como ya advirtió Winnicott[5], puesto que quizá desemboquen en una identificación y clasificación artificial de ejemplares, por tanto, es imprescindible contemplar cada caso como único, dado que diversos factores —sean estos económicos, afectivos, etc.— pueden estar impidiendo que el agredido se vaya o aleje del domicilio, destacando entre ellos el económico, esto es, el valor atribuido a los objetos y las mercancías, que participa de forma sustancial en las relaciones y vínculos entre los sujetos, como vemos en aquellas parejas que a la hora de plantearse una separación dan mayor valor a los objetos y propiedades conyugales que a la estructura y ambiente familiar donde sus hijos crecen.


[1] Michel Foucault, La historia de la sexualidad. La voluntad de saber, Siglo XXI, México, 1991.

[2] ídem, La verdad y las formas jurídicas, Barcelona, Gedisa, 2003, p. 98.

[3] Wilhelm Reich, Psicología de masas del fascismo, Editorial Ayuso, 1976.

[4] El concepto de «goce» (jouissance) en la teoría de Lacan expresa la satisfacción paradójica que el sujeto obtiene de su síntoma, esto es, el sufrimiento que deriva de su propia satisfacción. Su equivalencia la encontraríamos en la idea de «beneficio secundario de la enfermedad». El síntoma es un cuerpo extraño para el sujeto, sin embargo el yo da la impresión de adaptarse al síntoma e incluso gozar con las ventajas que el mismo le procura bajo la forma de un «beneficio secundario» que refuerza su fijación. De este modo, un malestar psíquico, por insoportable que sea, puede generar un beneficio, como puede ser el dejar de atender las responsabilidades cotidianas: ir a trabajar, cuidar a los cercanos, atender a las obligaciones diarias.

[5] Donald W. Winnicott, Realidad y juego, Gedisa, Barcelona, 2000, p. 14.


 

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