«Freudomarxismo»: ¿un proyecto epistemológico imposible?

El modo de producción de la vida material determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia[1].

 

En la introducción a Psicología de las masas y análisis del yo, Freud resalta que no hay oposición entre psicología «individual» y psicología «social», es decir, no puede estudiarse y analizarse el comportamiento de un sujeto aislado sin contemplar las relaciones sociales en la que está inmerso.

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Psicoanálisis y Marxismo

El difícil y necesario encuentro entre dos pensamientos científicos, conjeturales y revolucionarios.

El «freudomarxismo» es un movimiento ideológico-crítico protagonizado por un grupo no organizado de psicoanalistas de la segunda generación que despliega su actividad en el ámbito cultural y político austro-alemán entre 1926 y 1933. Su proyecto histórico común es la integración de la teoría y de la práctica psicoanalítica al materialismo histórico y al movimiento obrero.

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Esclavitudes actuales.

El control social que se ejerce sobre los sujetos cambia con las épocas sociales e históricas, pero en esencia es el mismo que ya enunció Marx hablando de la esclavitud del «fetichismo» de las mercancías o el propio Heidegger[1] al plantear la esclavitud de la imagen y Hume que nos alertó del señuelo de la conexión necesaria[2], esto es, por ejemplo, en el ámbito de la «salud mental», la tendencia a atribuir a cada efecto (síntoma) —por ejemplo, una fobia— una causa objetiva que puede dominarse a través de un fármaco, un consejo o una técnica de modificación de conductas.

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Dimensión política de las prácticas “psiquiátricas”.

Trabajar en el campo de «salud mental» implica pensar la experiencia clínica como un acompañar dando acogida a un dolor que habla y requiere ser escuchado a través de una espera que nada espera, sin adherir a un saber revelado en una tabla taxonómica o en un manual psiquiátrico. El trabajo clínico requiere hacer amistad con la inminencia[1], con lo que no está, con lo que está por venir o quizá no vendrá, contrario al ideal de las instituciones psiquiátricas, donde se espera que no pase nada y donde todo esté bajo control.

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La industria capitalista del “rótulo psiquiátrico” y el fármaco.

El hacer clínico de la medicina positivista considera que los fenómenos «psicopatológicos» están en relación exclusiva con alteraciones o variaciones neurofisiológicas, manifestando prisas por asignar un rótulo psiquiátrico para aplicar todo su protocolo de tratamiento: farmacológico, técnicas de modificación de la conducta, de la personalidad, regímenes de premio y castigo, entre otros.

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La Psiquiatría en tratamiento.

Sobre el libro «EL MANICOMIO QUÍMICO»[2]

Los pensamientos sin contenido son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas[1].

La concepción psiquiátrica habitual sigue los preceptos que estipularon en su momento Emil Kraepelin y Eugen Bleuler, convencidos de que en alteraciones orgánicas del cerebro están el origen y la causa de las enfermedades mentales, suponiendo a la vez que el avance de las neurociencias y el progreso de la industria farmacológica lograría en un futuro resolverlas. Estas intervenciones médicas desembocan en no pocas ocasiones, como señala Piero Cipriano[2], en una práctica violenta y silvestre sobre los cuerpos de los pacientes: sujeción física, contención química, electroshock, y en no pocas ocasiones «psiconeurocirugía», basados todos estos procedimientos invasivos en supuestos y fundamentos anatomofisiológicos o bioquímicos de la «enfermedad».

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Problemáticas del poder.

El concepto de poder tiende a generar malentendidos. Por poder no se entiende solamente el conjunto de instituciones y aparatos de control que garantizan la sujeción y organización de los ciudadanos en un Estado determinado, ni tampoco un sistema general de dominación ejercida por un elemento o un grupo sobre otro, y cuyos efectos atravesarían el cuerpo social entero. Como bien señala Foucault[1], el análisis en términos de poder no debe postular la soberanía del Estado, la forma de la ley o la unidad global de una dominación, ya que éstas son más bien formas terminales.

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Aburrimiento contemporáneo y evasión.

 

(…) una generación incapaz de soportar el aburrimiento será una generación de hombres pequeños…

Bertrand Russell, La conquista de la felicidad.

 

(…) todo hombre (…) se convierte en cierta medida en un comerciante.

Adam Smith

 

Nuestra sociedad actual, hedonista, rindiendo culto a la omnipotencia de la técnica y los objetos que produce, promete la posibilidad de controlar la naturaleza humana, esto es, operar sobre la vida, la vejez, la enfermedad y la muerte: todo padecimiento se nos afirma que es factible de ser resuelto a través del consumo de objetos y fármacos.

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